Un disparate histórico

Un disparate histórico

Sin rodeos: la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol en Qatar es un disparate histórico. Hay muchas razones para explicar esta conclusión, pero sin duda la más elocuente es la exhibición nauseabunda de que todo se puede conseguir con dinero sin excluir la indignidad colectiva. El deporte es una actividad muy seria, fundamental para fomentar los mejores ejemplos a la juventud, y en esta ocasión se ha prostituido. De hecho, el fútbol hace mucho tiempo que lo está, con las políticas de fichajes y demás cambalaches surcados de grietas por las que se filtran millones y millones sin que se rindan cuentan ni se exijan. Pero en esta ocasión ha saltado todas las rayas.

Qatar es un país honorable, como todos los que han obtenido la celebración de un Mundial y mantienen legítimamente su identidad, pero corrupto hasta decir basta y, por mucho que sus autoridades se esfuercen en disimularlo, gobernado por un sistema represor que se aprovecha de un desequilibrio abismal entre los trabajadores foráneos esclavizados y los derroches de los gerifaltes nativos que se reparten la riqueza que fluye constantemente de los pozos de petróleo. Todo en un paraíso poco agraciado, pero forrado de dinero que oculta la discriminación de las mujeres, la represión de todas las libertades, la imposición del fanatismo religioso y la prohibición de ejercer la personalidad de cada uno.

El emirato de Qatar intenta mostrar al mundo una imagen de modernidad falsa, como se ha visto con las caras tapadas de las escasas mujeres que pudieron asistir a la inauguración del Mundial. Como podrán comprobar los visitantes la picaresca del servicio del whisky prohibido en falsas teteras humeantes. ¡Qué vergüenza la de los que vendieron el prestigio de esta tradición de alegría y convivencia que eran los mundiales de fútbol, por sólo Dios sabe cuántos millones! El Gobierno qatarí permanece aislado entre sus vecinos del Golfo por su complicidad con la dictadura teocrática de Irán, en donde se han llegado a cortar cabezas a mujeres que no se avienen a llevarlas cubiertas con un hiyab.

Puede entenderse que sus responsables, educados en colegios caros de Londres, quieran adaptarse a los tiempos que nos han tocado o, cuando menos hacer creer que lo están intentando. Pero la realidad es que, si de verdad lo intentan, es poco lo que se aprecia. Habrá quien argumente que es su cultura, su fe y su tradición, ante lo cual hay poco que decir mientras se demuestre que sus habitantes se sienten satisfechos. Es su problema o su suerte. Lo que es inadmisible es que unas mafias que se aprovechan de un deporte obliguen a millares de deportistas a sufrir los efectos de un calor infernal, a exponer su vida intentando ganar como es su obligación profesional, y que semejante sacrificio sea aprovechado por unos para forrarse la cartera y por otros, para lavarse la cara.

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